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A todo aficionado al baloncesto, la presencia de un balón le hace feliz. La red, el aro, las gradas, la cancha donde se juega, la salida de los jugadores ya sean pre-benjamines o juveniles, nos ilusiona a todos. Son los ingredientes para el placer y el disfrute tanto para los jugadores de este deporte como para el mero espectador.

A los que nos gusta el baloncesto cualquier partido es de nuestro agrado. Nos encanta la liga ACB y nos vuelve locos la NBA.

PACHANGA TELEVISADALos jugadores de la NBA tienen todos los años en Febrero una semana de vacaciones. Pero uno de esos días convocan a las superestrellas de la liga americana. Salen a la cancha a divertirse, saludarse con antiguos y presentes compañeros, hacerse fotos, conceder entrevistas de prensa, etc. Cuando el árbitro, que también hay aunque no hace falta, toca el pitido inicial comienza el circo.

No hay defensa, no hay estrategias, jamás se ligan jugadas, desaparecen las asistencias, no hay oposición de tiro, se hacen pasillos más grandes que el del mar Rojo de la mano de Moisés… Salen diez jugadores a la cancha, nadie les dirige, los entrenadores se van de cañas, cada uno hace lo que sabe para lucirse, posan para los fotógrafos y buscan su mejor lado fotogénico para la pantalla: se pierde el concepto de equipo en pro de la individualidad elevada al máximo exponente. Que mal lo tienen los jugadores de equipo entre tanta individualidad. Todos tiran y tiran sin miedo a fallar. Buscan un pelín más de gloria… porque cada cual es una estrella que brilla con luz propia. No necesita la luz de las otras estrellas y no permiten que nadie le haga sombra.

¿Qué ocurriría si esos veinticuatro jugadores, bien dirigidos, fueran competitivos y «jugaran al baloncesto» como ellos saben?

Alberto Marquina Cintora
José Marquina Sanz