A las cuatro de la mañana del Jueves Santo, colegio Gredos San Diego, comienza nuestra aventura. Aún no sabíamos lo que nos esperaba. Las escasas horas de sueño que llevábamos encima se reflejaban en la cara de cada uno de nosotros. Una vez despedidos de Héctor y familiares, nos dirigimos junto a Juan hacia el aeropuerto de Barajas, donde una vez facturadas nuestras maletas (¡INCLUÍDA LA DE ROBER!), pusimos rumbo a Bérgamo.

A nuestra llegada, nos recogió Claudio, aún no sabíamos la importancia que éste tendría en nuestro viaje. Ya alojados y repartidos en nuestras respectivas habitaciones, nos esperaba una siesta “typical spanish” de nada más y nada menos cuatro horas y media para poder rendir al máximo en nuestro primer encuentro, no sin antes comer pasta y una carne recomendada por la cocinera (¿Por qué la hicimos caso?).

Nuestro primer rival era la Selección de Lombardía, un duro rival al que plantamos cara veinticinco minutos. Al final caímos por una amplia diferencia de treinta puntos (que esperabais, era una selección).

Una vez limpitos y aseados, nos esperaban las legendarias pizzas que tanto comimos allí (Mauro, en Italia, no solo se come pasta). Tras esta deliciosa cena, tocaba tiempo de relax jugando a las cartas, aunque no aguantamos mucho.

Nuestro segundo día comienza a las nueve con un rico desayuno de bollería industrial (como podéis observar, todo muy sano y natural). A las once y media se iniciaba nuestro segundo encuentro contra un firme candidato al título liguero italiano, quien acabó tercero en el torneo, el Umana Venezia. Su superioridad física era muy amplia, y quedó patente en el marcador con una diferencia final de casi cuarenta puntos.

De vuelta en el hotel comimos rápidamente (de primero pasta, para variar) y nos fuimos en busca de un lugar donde conseguir provisiones. Encontramos un Carrefour donde no solo conseguimos comida, sino que nos hicimos con diez globos que nos mantendrían entretenidos en el trayecto de vuelta. Una vez en el hotel nos pusimos a dormir para recargar fuerzas de cara al segundo encuentro del día ante el equipo local, donde nos encontramos un arbitraje pésimo al que conseguimos hacer frente para conseguir una victoria final muy meritoria. Tras nuestro partido Claudio nos llevó a conocer a su familia. Su madre nos invitó a probar un roscón de Pascua hecho por ella que estaba buenísimo. Después, Claudio y su padre, nos llevaron a ver el partido entre el Team Ohio y el Montepaschi de Siena, dos firmes candidatos al título del torneo. Durante dicho encuentro nos comunicaron que nos habíamos quedado fuera de los octavos de final por tan solo cuatro puntos.

Para cenar unas pizzas (estábamos en Italia y había que aprovechar) y de nuevo partida de cartas. Pueblo duerme, polis y cacos, vida (¡Que grande eres a este juego Gon!)… nos mantuvieron despiertos hasta tarde.

Al día siguiente jugamos nuestro último partido contra Varese, equipo del pueblo cercano ante el cual sufrimos mucho hasta poder alzarnos con la victoria con un marcador de 94-90. Esa misma tarde-noche Claudio nos enseñó la ciudad vecina.

El domingo fue un gran día. Dormimos apenas cuatro horas (nos levantamos a las 6.30 y habíamos llegado a 2.30 casi). Era el día de la visita a Milán. El trayecto en tren duro una hora, la cual nos pasamos durmiendo, una vez allí visitamos el castillo y algunos de nosotros fuimos a desayunar para hacer tiempo ante la llegada de Claudio con Héctor y Cuartero. Vimos el Duomo, su calle más cara, y otros tantos lugares de gran belleza e interés. El día terminó en casa de Claudio, donde su familia nos preparó una gran cena de Pascua, nos dio Wifi (gracias Claudio, lo necesitábamos), y acogió los trucos de magia del gran Cuartero, aunque con el que más nos reímos fue con el que hizo Claudio a Álvaro Pérez (¡Cómo te engañó con la moneda!). Esa noche, la última, era para no dormir. Sabíamos que el primero que cayera se llevaría las bromas, pero para algunos fue inevitable, el cansancio era demasiado grande.

El lunes nos fuimos muy pronto del hotel, nos tiramos 4 horas en el aeropuerto, aunque antes comimos en el Burger de la estación rodeados de palomas (¿Todas las palomas de Italia están cojas?). A nuestra llegada los padres nos recibieron con una gran sonrisa, pero creo que era más por nuestra presencia que por la posición obtenida en el torneo disputado.

Dar las gracias al club, a Héctor, Juan y al equipo por haber hecho posible esta experiencia, y también a Claudio y su familia, por habernos facilitado la estancia en Italia. Dudo que alguno de nosotros lleguemos a olvidar una experiencia así. Gracias.

Crónica: Mario de la Sen y Alvaro Bermejo